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Acerca de la educación especial y la crisis de la “normalidad”

Parece haber un cierto consenso al­rededor de la idea de que ya no hay un único modo de entender qué es la educación especial y, entonces, definir cuáles son sus paradigmas. Más aún: no hay tal cosa como la “educación especial”, sino una inven­ción disciplinar creada por la idea de “normalidad” para ordenar el desor­den originado por la perturbación de esa otra invención que llamamos de “anormalidad”. Supongo que los es­pecialistas estábamos demasiado acostumbrados a simplificar el pro­blema e identificar la educación es­pecial con las instituciones especia­les y referirnos a una oposición es­tricta entre paradigmas terapéuticos y antropológicos. Sin embargo, a po­co que entremos en sus prácticas y en sus discursos, se nos hace más evidente que se trata más bien de fluctuaciones, de una suerte de vai­vén permanente entre aquellos “mo­delos”, pero no de su separación tex­tual, de su distinción conceptual. De todos modos, creo que actualmente, más que de una cuestión de paradig­mas, se trata de una verdadera dis­puta, consciente o no, que intenta re­solver la siguiente paradoja: la perpe­tuación o la implosión de aquello que llamamos educación especial “tradicional”. Más específicamente, me parece que habría que considerar la existencia de una frontera que se­para de modo muy nítido aquellas miradas que continúan pensando que el problema está en la “anormalidad”; de aquellas que hacen lo contrario, es decir, que consideran la “normali­dad” como el problema. Las primeras -sólo en apariencia más científicas, más académicas- siguen obsesivas por aquello que es pensado y produ­cido como “anormal”; vigilando cada uno de los desvíos, describiendo ca­da detalle de lo patológico, cada ves­tigio de anormalidad y sospechando de toda deficiencia. Este tipo de mira­das no es útil para la educación es­pecial ni para la educación en gene­ral: lo “anormalizan” todo y a todos. Las otras miradas -tal vez menos vigi­lantes, pero también menos preten­ciosas- tratan de invertir la lógica y el poder de la normalidad, haciendo de esto último, de lo normal, el proble­ma en cuestión. Esas miradas tienen mucho que ofrecer a la educación: por ejemplo, la desmitificación de lo normal, la pérdida de cada uno y de todos los parámetros instalados en la pedagogía acerca de lo “correcto”; un entendimiento más cuidadoso sobre esa invención maléfica del otro “anormal”, además de posibilitar el enjuiciamiento permanente a lo “nor­mal”; a la “justa medida”, etcétera. Es­tas miradas, entonces, podrían soca­var esa pretensión altiva de la norma­lización, que no es más que la impo­sición de una supuesta identidad única, ficticia y sin fisuras de aquello que es pensado como lo “normal”.

Por eso creo que la educación espe­cial podría ser pensada como un dis­curso y una práctica que torna pro­blemática e incluso insostenible -y más bien imposible- la idea de lo “normal” corporal, lo “normal” de la lengua, lo “normal” del aprendizaje, lo “normal” de la sexualidad, lo “nor­mal” del comportamiento, etc., acer­cándose de ese modo a otras líneas de estudio en educación, como lo son los Estudios de Género, los Estu­dios Culturales, el Post-estructuralis­mo, la Filosofía de la Diferencia. Si aquello que llamamos educación es­pecial no sirve para poner en tela de juicio “la norma’; “lo normal”, “la nor­malidad”, pues entonces no tiene ra­zón de ser ni mayor sentido su sobre­vivencia.

CARLOS SKLIAR

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Acerca de la educación especial y la crisis de la “normalidad” CARLOS SKLIAR

Parece haber un cierto consenso al­rededor de la idea de que ya no hay un único modo de entender qué es la educación especial y, entonces, definir cuáles son sus paradigmas. Más aún: no hay tal cosa como la “educación especial”, sino una inven­ción disciplinar creada por la idea de “normalidad” para ordenar el desor­den originado por la perturbación de esa otra invención que llamamos de “anormalidad”. Supongo que los es­pecialistas estábamos demasiado acostumbrados a simplificar el pro­blema e identificar la educación es­pecial con las instituciones especia­les y referirnos a una oposición es­tricta entre paradigmas terapéuticos y antropológicos. Sin embargo, a po­co que entremos en sus prácticas y en sus discursos, se nos hace más evidente que se trata más bien de fluctuaciones, de una suerte de vai­vén permanente entre aquellos “mo­delos”, pero no de su separación tex­tual, de su distinción conceptual. De todos modos, creo que actualmente, más que de una cuestión de paradig­mas, se trata de una verdadera dis­puta, consciente o no, que intenta re­solver la siguiente paradoja: la perpe­tuación o la implosión de aquello que llamamos educación especial “tradicional”. Más específicamente, me parece que habría que considerar la existencia de una frontera que se­para de modo muy nítido aquellas miradas que continúan pensando que el problema está en la “anormalidad”; de aquellas que hacen lo contrario, es decir, que consideran la “normali­dad” como el problema. Las primeras -sólo en apariencia más científicas, más académicas- siguen obsesivas por aquello que es pensado y produ­cido como “anormal”; vigilando cada uno de los desvíos, describiendo ca­da detalle de lo patológico, cada ves­tigio de anormalidad y sospechando de toda deficiencia. Este tipo de mira­das no es útil para la educación es­pecial ni para la educación en gene­ral: lo “anormalizan” todo y a todos. Las otras miradas -tal vez menos vigi­lantes, pero también menos preten­ciosas- tratan de invertir la lógica y el poder de la normalidad, haciendo de esto último, de lo normal, el proble­ma en cuestión. Esas miradas tienen mucho que ofrecer a la educación: por ejemplo, la desmitificación de lo normal, la pérdida de cada uno y de todos los parámetros instalados en la pedagogía acerca de lo “correcto”; un entendimiento más cuidadoso sobre esa invención maléfica del otro “anormal”, además de posibilitar el enjuiciamiento permanente a lo “nor­mal”; a la “justa medida”, etcétera. Es­tas miradas, entonces, podrían soca­var esa pretensión altiva de la norma­lización, que no es más que la impo­sición de una supuesta identidad única, ficticia y sin fisuras de aquello que es pensado como lo “normal”.

Por eso creo que la educación espe­cial podría ser pensada como un dis­curso y una práctica que torna pro­blemática e incluso insostenible -y más bien imposible- la idea de lo “normal” corporal, lo “normal” de la lengua, lo “normal” del aprendizaje, lo “normal” de la sexualidad, lo “nor­mal” del comportamiento, etc., acer­cándose de ese modo a otras líneas de estudio en educación, como lo son los Estudios de Género, los Estu­dios Culturales, el Post-estructuralis­mo, la Filosofía de la Diferencia. Si aquello que llamamos educación es­pecial no sirve para poner en tela de juicio “la norma’; “lo normal”, “la nor­malidad”, pues entonces no tiene ra­zón de ser ni mayor sentido su sobre­vivencia.

CARLOS SKLIAR

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Poner en tela de juicio la normalidad, no la anormalidad. CARLOS SKLIAR

Este espacio es pensado para reflexionar acerca de la educación inclusiva

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